¿Sabéis eso que ponen en las ofertas de trabajo de “acostumbrado a trabajar por objetivos”? Yo doy el perfil en todas ellas. No sé trabajar de otra forma. Me encantan lo que los americanos llaman “To-Do lists”, que escribo y reescribo en distintos formatos y aplicaciones y a las que nunca hecho cuenta. Porque, en realidad, están todas en mi cabeza. Sin embargo, en ocasiones, alcanzo un objetivo mayor y me quedo bloqueada. Porque hacer una nueva lista de cosas pendientes significa cambiar la rutina que he tenido hasta ese momento. Soy un animal de constumbres, supongo.
El problema es que este último objetivo alcanzado gana a todos los demás. No es el típico: “ordenar el armario” o “perder 4 kilos”. Éste es muuuucho más grande y no sé por dónde empezar.
Veamos, estamos hablando de cambiar mi rutina de los últimos (casi) 12 años. Se trata de qué hacer con mi tiempo libre que antes tenía cubierto de obligaciones y que ahora tengo que llenar de cosas que me gusta realmente hacer. Esas cosas que antes utilizaba para huir de mis obligaciones. Pues ahora me paso el día durmiendo y mirando al infinito, porque no sé cómo encajar algo que hago por gusto en mi rutina. Porque me siento cansada, y no hay nada que me obligue a hacerlo.
En mi cabeza bullen nuevos y grandes objetivos, pero todos dan bastante miedo. Ahora tengo que decidir si lo que quiero es descansar o seguir luchando. El problema es que esto nunca se acaba… No sé, supongo que me daré una semana más de vacaciones y después retomaré mi vida…
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Últimamente tengo ganas de mirar hacia el horizonte. Y lo hago. Y sonrío.
Úlitimamente sonrío por todo. No es que haya nada especial, sólo horizonte. Sólo futuro. A veces, siento que llevo toda la vida esperando este momento. Da un poco de miedo llevar tanto tiempo esperando algo, porque ahora surge la típica duda de si el horizonte estará a la altura de las expectativas, pero… francamente, es que ahora mismo eso me da igual, porque lo único que siento es LIBERTAD.
Y TIEMPO!!!
Porque, ahora mismo, eso es la libertad para mí. MI tiempo. Ahora mismo tengo el horizonte entre las manos. Y sonrío.
La cabeza se me llena de ideas, de planes de futuro, de libertad. Y de sonrisas.
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Esta mañana de domingo, he salido a pasear muy temprano por las orillas de mi río porque, aunque estemos en Enero, esto cada día se parece más a una primavera temprana. A la vuelta, justo al cruzar el puente, me he encontrado con un pequeño regalo: un puesto de venta de libros de segunda mano. Y no he podido resistirme.He leído todos sus lomos, primero yendo de izquierda a derecha, después he vuelto haciendo el recorrido inverso. He sonreído al reconocer alguna edición que ya conocía, algún título que he leído, alguno absurdo o rimbombante… y, justo entonces he hecho algo…
He cogido una pequeña edición de Ana Karenina. Un libro pequeño y verde. Con una edición que, a juzgar por la portada, debía ser de los años 60 (sí, juzgo los libros por su cubierta, aunque no los desecho por ello). He dejado que su lomo rugoso acariciara mis manos y he pasado las yemas de los dedos por las letras grabadas que formaban su nombre, dejando que los restos de polvo acumulado me impregnaran. Entonces lo he abierto y lo he olido. Con delectación. Casi con lujuria. He cerrado los ojos a medida que aspiraba y he dejado que su olor llegara a todos los rincones de mi cerebro. Y he sonreído.
Automáticamente he notado la mirada de los dos chicos que vendían los libros sobre mí, uno de ellos con una pequeña sonrisa de comprensión, el otro con cara de sorpresa. Una señora que pasaba por allí para aprovechar el segundo día de rebajas se ha vuelto a mirarme con cara de reprobación, tal vez por la lujuria de mi sonrisa, de mi gesto. Yo también me he sorprendido. Como si hubiera hecho la cosa más íntima del mundo rodeada de desconocidos. He abierto los ojos, he bajado la mirada, he cerrado el libro con devoción y lo he devuelto a su sitio.
En el pequeño instante en el que me he permitido esa degustación han venido tantas cosas a mí… El despacho de mi abuelo olía así. A polvo, a humedad, a papel viejo, a tintas que, probablemente, ya esté prohibido fabricar. Mis primeros años con los libros olían así. Todavía hoy, cuando voy a casa de mis padres, puedo coger uno de los libros heredados de mi abuelo y los aspiro. A veces, en las librerías, puedo coger un libro nuevo y olerlo. Siempre me llevo un chasco. Nunca huelen como mis primeras lecturas.
Ahora tengo un libro electrónico. Sigo devorando libros, en cualquier formato. Pero hoy me he comprado un libro que olía así. Porque en mi casa de adulto no tengo ninguno que huela así. Es un libro que jamás me habría comprado en otro caso. Pero ahora lo tengo aquí, y puedo abrirlo cuando quiera. Y olerlo, en la intimidad, y dejar que los recuerdos me inunden…
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1. El primero de todos es el mismo de los últimos cuatro años: ACABAR LA CARRERA. De hecho, es el único, porque, a partir de ahí se podrán plantear o no todos los demás. Así que este propósito es el condicional para todos los siguientes.
2. Cortarme el pelo: a lo garçon. Pero el mismo día en el que me salga aprobada la asignatura.
3. Tatuarme: como recordatorio del sufrimiento vivido los últimos doce años con la carrera. “ho sbagliato tante volte ormai…”
4. Buscar trabajo en el extranjero. Está lo de funcionario en la UE, y Nigel Frank en Italia… Dejar los miedos atrás y conseguirlo
5. En su defecto, o, mejor dicho, mientras tanto, cambiar de trabajo aquí porque la situación se está haciendo insostenible en muchos sentidos.
6. Si consigo un trabajo nuevo en el que me paguen más, quiero un iPad!!!
7. Uy, se me había olvidado, si apruebo, dejo de fumar, PARA SIEMPRE. Es difícil, pero hay que hacerlo. Esta debería estar mucho más arriba.
8. Reírme más. En 2011 me he perdido muchas risas y no quiero que me vuelva a ocurrir. Volver a ser yo: sin miedos, sin complejos, sin vergüenzas y sin mar que me borre la sonrisa.
9. Sacarme un título de inglés. También depende de la número 1, por supuesto.
10. Bajar a los 75 otra vez, y quedarme ahí. Acabar 2012 con ese peso.
11. Volver a patinar, pero esta vez en serio y como hay que hacerlo.
12. Leerme 40 libros y que al menos 15 sean en italiano
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